EL CIBER NIÑO ONOFRE

 

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Onofre Cuarto, el tataranieto del primer Onofre, nació en los tiempos modernos y su descubrimiento del mundo transitó por un camino muy diferente al de sus ancestros masculinos, que también llevaron su nombre.

A nadie le cabían dudas, que una vez crecido, el muchacho intentaría cambiarse el nombre o rogaría por un apodo digno de internet; sin embargo, mientras carecía de ese poder adulto tendría que seguir con su peculiar designio.

No recibió de regalos ni marugas ni pelotas de goma con vivos colores, en su lugar fue dotado de biberones con puertos USB en los cuales se colocaba una memoria flash y mientras degustaba su apetitosa leche, absorbía las primeras dosis de un atenuado, pero persistente reguetón infantil, que estaba diseñado para iniciar al pequeño en el ¨gusto¨ por ese género, que era el delirio de gran parte de su familia.

No tuvo emotivos aplausos por el primer gorjeo y, sin embargo, se armó un sonado barullo cuando en un manoseo involuntario con el celular del padre se produjo una auto foto, lo que fue interpretado como su primer selfie y la imagen, algo borrosa, fue compartida en Facebook por 900 amigos y comentada más de trecientas veces.

Con Onofre hubo dudas con respecto a si lograría hablar como un niño común o si se mantendría para siempre con el acento extraño y robótico que había adquirido su voz, después de casi diez horas diarias de interacción con una zaga en Youtube, donde un personaje en forma hexágono y ojos rectangulares, disparaba decenas de palabras por minuto.

Se fue a la escuela a regañadientes un septiembre lluvioso y solo quince días después entabló el primer diálogo en vivo con un compañerito de aula, a quien descubrió absorto en un nuevo juego dentro del Tablet y de inmediato le dirigió una lacónica y solitaria frase: ¿ME LO PASAS?

Al terminar el sexto grado sus padres debieron hacer una extenuante cola para el ortopédico donde decenas y decenas de familias esperaban por el tratamiento para corregir la deformación en la cervical de sus hijos, causada por la inclinación permanente de la cabeza para fijar la vista en las pantallas de los táctiles.

Y Onofre se hizo grande, aunque nunca logró hacerse del todo humano, tuvo amores mediáticos, miles de amigos virtuales, ganó cientos de torneos en internet, quedó un poco sordo por la música alta y al final se pudo cambiar el nombre, aún anda solitario y taciturno sin que muchos adivinen que ahora se llama Giga Antonio de la Red.

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