LLORAR

 

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Si una cosa es segura en esta vida es que todo el mundo ha llorado alguna vez y si después de creciditos se nos ocurre negar ese acto tan natural y húmedo, enfrentaremos pruebas contundentes del embuste, pues previendo esa pretensión tan pétrea y hasta machista, la naturaleza nos envía al mundo con un primer llanto incluido, sin costo alguno y si más motivo que el de empezar a vivir.

Después, en la medida que va pasando el tiempo, entonces es cierto que se produce una determinada diferenciación y por un lado se arma el bando de los llorones (as) normales, que sueltan sus lágrimas en el momento adecuado, dígase rabieta por hambre infantil, fallecimiento de seres queridos (incluidas las mascotas), pisotón en la guagua sobre la uña encarnada y otros dolores incontrolables;  de otra parte se juntan los que lloran hasta por la muerte de una ameba y al final están los que lo hacen, pero lo niegan.

Eladio Roca Seca, tenía bajo amenaza a su hijo Yunkiel, alias mejillón, porque el muchachito había mostrado una determinada tendencia al lloriqueo escolar (es verdad que el infante era algo babosillo para eso del lagrimeo, de allí su mote marino)   y aquello para el padre era imperdonable, debido a su habitual consigna de que ¨Los Hombres no lloran¨ y su notoria fama de tipo duro, de esos que andan en camiseta cuando llega un frente frío, no toman sopa, aunque se le haga la boca agua y prefieren quedarse sin comer papas antes que hacer la cola en el agro.

Pero, como dicen, entre cielo y tierra no hay nada oculto y una noche el gordito Yunkiel descubrió a su padre en un vivo llanto, estremecido por el capítulo final de ¨La esclava Isaura¨, una novela que marcó a toda una generación y por mucho que el hombre intentó hacer creer a su muchacho que de pronto había agarrado una conjuntivitis, el chico no se tragó semejante historia.

Mauritín, conocido por ¨Perreta de Ferretería¨ les había cogido la baja a sus padres, una y otra vez prometía que dentro de la tienda no armaría su acostumbrado show, antojándose del juguete más caro, pero a la hora cero daba una pataleta antológica y se salía con la suya, hasta que los precios de los juguetes empezaron a subir y ya ni tirado en el piso y desgaznatado hasta la ronquera, podía conseguir sus objetivos.

María Cintura de Cebolla, fue de todas las chicas que conocí en el barrio, la que más hizo llorar de amor a los hombres de por allá, que ese es otro llanto complicado y a veces ni lágrimas se necesitan para saber que alguien anda más arrasado que un plantón de caña después de una combinada.

Yo creo que no es malo llorar cuando está garantizado que las lágrimas no son de cocodrilo, uno se desahoga y vibra, se siente humano y capaz de sentir ese sentimiento profundo que te sale por los ojos como un manantial, otras veces es mejor tragarse el llanto y que en ese esfuerzo cimero se descubra un mensaje, de firmeza y necesario sacrificio, como recoge la historia cubana cuando habla de Mariana Grajales enfrentada a la muerte heroica de sus hijos.

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