PASAR LA PENA

 

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Yo creo que nadie escapó nunca de ¨pasar la pena¨ de ponerse más colorado que un tomate maduro o querer que en ese justo instante el tiempo pusiera la marcha atrás y poder cambiar ciertas cosas.

Recuerdo mi primera situación, podría decirse penosa; yo era pequeño y los amigos mayorcitos, que eran tremendos jodedores, me mandaron a que le preguntara la hora a un señor que habitualmente venía a en su caballo a comprar algunas cosas en nuestra Bodega, sencillamente debía decirle: SEÑOR SLAVA, TIENE UN RELOJ POR AHÍ PARA QUE ME DIGA LA HORA, mi gran sorpresa fue que el hombre entró en cólera y con los ojos inyectados de sangre me repondió: SON LAS DOCE Y TU MADRE, VEJIGO MALCRIADO.

Luego supe que al jinete hacía unos años la mujer lo sorprendió atrasando la hora de los relojes de la casa cuando llegaba de sus andanzas en la madrugada, para simular regresos tempranos y lo menos que le sucedió fue que debieron extraerle la cuerda del reloj despertador encarnada en encuero cabelludo, por lo cual desde entonces la chanza colectiva lo bautizó como: SLAVA, por la marca del aparatico soviético que terminó en su cabeza.

Más tarde fui testigo de la pena que le hicieron pasar a Oracio el Primerizo, un chamaco del piquete que se disponía a besar por primera vez en la boca, después de ser aceptado por Tatiana la Efímera, que ya había durado muy poco con dos o tres del barrio. La cosa fue que le aseguraron a Oracio que la susodicha terminaba con sus parejas porque eran unos tontos que nunca supieron besar, que en cuanto tuviera la oportunidad le asestara una rotunda mordida en la punta de la lengua de la muchacha que aquello era lo máximo y el inocente allá fue con su intento, que terminó en un gaznatón antológico en la historia juvenil de la zona.

Creo que existen varias categorías para esos ridículos que a veces nos sorprenden como perros salidos de la nada. Son como los resfriados, los tenemos comunes o serios. Tan simples como confundirnos de persona y partirle para arriba a un supuesto conocido, que termina siendo alguien totalmente ajeno y otros tan repetidos como decir a la hora del almuerzo, en casa ajena, aquello de: NO TE PREOCUPES EN SERVIRLE LA SOPA AL NIÑO QUE ESE NO LA PRUEBA NI CON LA POLICIA y de buenas a primera ver como el dichoso muchacho está casi a punto de pasarle la lengua al plato ya vacío.

Al final están las ¨grandes penas¨ esas que pasan algunos de mente bastante obtusa, por ejemplo aquello de confundir el sonido de un pobre grillo con un arma de ciencia ficción y para colmo decirle a todo el mundo que es cosa de ataques sónicos. Porque aunque la gente de ese tipo casi no tiene vergüenza, no dejan de hacer un papelazo terrible.

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2 comentarios sobre “PASAR LA PENA

  1. Lo mejor de estos textos, es lo vivencial que se vuelve. Uno no puede obviar, al leerlos, las experiencias propias del tema. Ahora mismo recuerdo todas las veces que yo he pasado penas jjejejejeje y que no dejan de sucederme. Gracias hermano, por el atino de escribirlo.

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