DEL AMOR Y AQUELLOS DEMONIOS

 

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En mi infancia, una época infinitamente menos mediática que la actual, no sonaba tanto del día de los enamorados. La festividad tenía sus repercusiones un poco más discretas y los regalos un poco más baratos. Fello, el esposo de Belarmina, es el primero a quien recuerdo cuando se acerca esta fecha, a él le decíamos “Cupido Hood”, por su magnífica dotación de flechitas y la certeza, propia del héroe de los bosques de sherwood, a la hora de lanzarlas directo al corazón de numerosas féminas del barrio.

También febrero trae remembranzas de otros personajes barriales muy ligados al amor. Cusita Combustión, la esposa de Bujía el célebre mecánico del vecindario, era una apasionada de la poesía y se sentía algo frustrada porque su marido se encontraba bastante “lejitos” del mundo de los versos y el sentido figurado. El pobre, presionado por los enormes deseos de su mujer de recibir un poemita como regalo de San Valentín, le garabateó una rima al dorso de la postal que compró en el estanquillo de prensa, pero no pudo sacudirse de las influencias “mecánicas” de su oficio y solo atinó a poner: PARA CUSITA COR ARDOR, TE QUIERO CON LA FUERZA DEL AMOR -TIGUADOR.

Era una época de boleros y música suave, sobre todo en aquellos lares donde transcurrió esa maravillosa primera etapa de mi vida, razón por la cual resultaba común que los enamorados seleccionaran alguna canción que reflejara parte de sus historias de amor y la convirtieran en una especie de himno propio o código secreto que solo ellos sabían descifrar; sin embargo, para estos tiempos que vivimos hoy, la cosa se ha complicado un poco, las preferencias musicales han girado hacia ritmos más moviditos.

Aunque debo reconocer que las muchachas de mi barrio siguen prefiriendo los detalles románticos, por eso un joven tocayo mío, Miguel el Potro Musical, como el mismo se ha denominado, pasó tremenda pena el año pasado por esta misma fecha, cuando le plantó a su novia una “bocinita” (como llaman ahora a esos equipos portátiles  de amplificar música)  con un reggaetón bastante cuestionable pretendiendo que ella lo tomara como un gesto enamorado, algo difícil de asimilar escuchando el estribillo: Y YA LLEGÓ MIGUELITO COMO SIEMPRE A MONTARLA, SI NO ABRE LA PUERTA PUES YO VOY A TUMBARLA.

Recuerdo otros amigos que quisieron ser siempre muy originales en esta fecha, ideaban detalles para impresionar a sus damiselas y casi siempre les salía bien; salvo el caso de Remigio Tarraya, el pescador, que se fue un día 14 hasta las playas de la costa norte y cargó con una caracola marina de colores preciosos, convenciendo a su amada de que la colocara pegada a su oído para que escuchara un mensaje, en el que según le dijo:  EL MAR LE DIRÁ CUÁNTO LA AMABA , se quedó mirándola para ver en sus ojos la sorpresa que causaría aquel rumor de olas apresado en la concha y casi muere del susto cuando la mujer lanzó el regalo contra el piso y se rajó a dar gritos, mientras un pequeño cangrejo pendía de su oreja.

Pero a pesar de todo o de todos, el amor siempre ha tenido espacios, siempre ha escrito leyendas, siempre será ese faro que en tiempos de brumas y vicios, lleve a buen recaudo los barcos de la virtud y el cariño.

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