EL CONEJITO Y OTROS DEMONIOS

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 Ricardito le dio tremendo bateo a su papá, antojado de un logo metálico de esos que identifican los autos HYUNDAI y todo porque se había puesto como moda, en esas fechas, fabricar entre adolescentes la hebillas de los cintos con este tipo de ornamentos. El viejo le recordó que el nada más tenía acceso a su Moskovich, bastante viejo y por cierto enemigo acérrimo de la lluvia – como casi todos los ejemplares de esa familia de autos Rusos – a tal extremo que de solo aparecer José Rubiera en la pantalla del televisor, era suficiente para que el cacharrito se negara a arrancar, pero el muchacho le recordó que símbolos de ese modelo no valían, que la cosa era de TOYOTA para arriba.

Laurita, cuyo padre hacía de Mula cargando ropas del exterior (al respecto recuerdo que el hombre se quejaba mucho de que en el trabajo, al que faltaba con bastante frecuencia, lo trataban como un perro y ahora parecía feliz cuando lo trataban como Mula; nada, preferencias por un animalito en particular) se volvió fans de las camisetas y los pantalones que traían estampado el logotipo de la revista norteamericana Playboy, destinada supuestamente al público adulto, pero fácilmente al alcance de cualquiera, sin distinción de edad, en sociedades cuyo ánimo de lucro desconoce o pisotea los cuestionamientos morales.

Conozco una miga con un perrito nombrado SAMSUNG y aclaro que el animalito no ladra en estéreo ni nada por el estilo. Rosita le puso APPLE al gato y todo porque había perdido una guataca por una mordida en un pleito callejero.

El uso de emblemas o logotipos es una costumbre que acompaña a la humanidad desde antaño, pero en los últimos tiempos ha cobrado mayor auge gracias a la globalización, que acelera los procesos de difusión y, ¿por qué no?, de exaltación de marcas comerciales. Este fenómeno ha sido potenciado por estrategias publicitarias cuidadosamente diseñadas y concebidas para que las insignias mejores promocionadas sean consumidas, lo cual no siempre resulta pernicioso. Sin embargo, hace la diferencia el conocimiento o intención de quienes promueven y, más importante aún, de los portadores del mensaje que casi nunca van dirigidos a promover los mejores valores del ser humano ni sus verdaderos atributos. La solución no está, a mí juicio, en prohibir o coartar la muy extendida propagación de distintivos ajenos, sino en educar a las nuevas generaciones.

Vale la pena dar elementos, orientaciones, información, para que los jóvenes conozcan de qué sombrero ha saltado el conejo Playboy o qué se esconde detrás de las atractivas marcas comerciales que de manera mimética muchos reproducen o le rinden un culto desmedido.

La decisión siempre será un reto al estereotipo como construcción impuesta y que, sin duda, suele arrastrar a muchos, pero que en modo alguno impide que la cultura y el conocimiento hagan prevalecer el buen gusto.

 

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