RUIDOS

 

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Cuando Cesar Góngora, apodado el Huracán por su notable recta beisbolera en las lides del barrio, le mató el gallo a Juana Eumelia con una certera pedrada en la cabeza, se registraba la primera secuela de los efectos del ruido en la estabilidad emocional de las personas en mi pueblo natal. El pobre animalito había sido adoptado como mascota por Anselmito el hijo de la dueña del plumífero; un muchachito al que también llamaban Puente Roto, porque nadie lo pasaba, enjauló al occiso justo al lado de la ventana de Góngora, por lo cual los enérgicos canticos de este, con sus decibeles en plena madrugada, desordenaron la vida del Huracán y a pesar de sus protestas no se logró una solución pacífica, que hubiera evitado la riña entre vecinos y el apresurado fricasé en que terminó la querida mascota.

Era el inicio de los conflictos por el ruido, porque después del gallo llegaron las radiograbadoras de casetes y el ya adolescente hijo de Juana, fue dotado de una potente SONY que “alegremente” colocaba en la ventana con el volumen a todo dar, siempre cuidando de no exponerla en la zona de strike donde con seguridad habría seguido los pasos del plumado. Cesar se quejó a diferentes niveles y un poco que se controló al asunto hasta que a finales de los 90 hicieron su aparición los equipos de amplificación más potentes y de inmediato Puente Roto se las agenció para comprar un modelo de talla extra, con un par de bafles que apenas pudieron ser entrados a la casa por la estrecha puerta del frente.

Aquello fue la debacle, la gota que colmó la copa, el jelengue mayúsculo entre vecinos de tantos años, mucho más agravado por el género musical preferido de Anselmito, un reggeaton superlativo, con ecos sonoros que removían los búcaros en las mesitas de la casa de Góngora y hacían que su dentadura postiza tintinara como castañuela dentro del vaso de agua donde permanecía durante la noche.

La cosa llegó a los tribunales y todo. Se programó un juicio donde se acusaba al agresor sonoro de causar sordera al pobre Huracán, que ya para esa fecha no pasaba de una débil depresión tropical, por lo achaques de los años y el sufrimiento de tanta batalla contra los ruidos. En la vista oral y pública, se debía probar de alguna manera la rotunda sordera del acusador y la defensa, ni corta ni perezosa, llamó al estrado a Eulalia otra vecina de Cesar , la cual alegó que el pobre viejo, que antes escuchaba hasta el zumbido de las moscas, ahora confundía cada palabra y el colmó fue, que hacía unos días al morir Poto Lágrimas, el bolerista del grupo municipal “Exprímeme el Pañuelito”  ella  le había gritado: HURACÁN MURIÓ POTO y el viejo le replicó AH QUE LLEGÓ EL POLLO y la vecina aclaró NO, POTO EN QUE CANTA ante lo cual Cesar agregó con picardía: AH SÍ CANTA EL MÍO LO VOY A DEJAR PARA GALLO Y LO AMARRO EN LA VENTANA DE PUENTE ROTO.

Al final hubo su multa y su jala jala,  la cosa se controló más o menos, aunque la epidemia de bullangueros y la contaminación sonora que inició en la casa de Juana, no se ha detenido aún y prolifera por ese y por otros barrios.

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