YO, EL DELEGADO

 

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En el año 1993 cuando yo apenas rebasaba los 22 años  me eligieron delegado a la Asamblea Municipal del Poder Popular, representando a un barrio de cientos de electores, en una zona rural, campesina y de gente muy humilde. Por esas cosas del sistema electoral cubano, me vi de pronto convertido en un funcionario público a pesar de mi corta edad y de mi único par de zapatos, porque todos sabemos que en ese año el que ligara dos pares de  “tacos” era afortunado o dueño de un puerco de más de cien libras.

Pero la gente votó por el flaco (no superaba entonces las cien libras, es decir menos que el puerco del otro párrafo) y gracias a  esa democracia genuina de urnas cuidadas por pioneros y domingo de gente en las calles, unos días después ya estaba yo zapateando la barriada, oyendo a unos y conociendo más a fondo a otros.

Un primo me prestó una guayabera para mi investidura como delegado en la Asamblea Municipal y al  Vicepresidente de esa instancia de gobierno, le dio por meterse a abundara en la biografía del delegado más joven (ese era yo)  y el hombre empeñado en resaltar  méritos a pesar de la juventud, estuvo insistiendo en que: “apenas con pocos años ya tiene amplio historial como estudiante, siendo lo que es: un muchacho, ha escalado puestos de dirección diversos; con tan escasa edad domina el arte de la oratoria; es casi un niño y sabe las técnicas de dirigir; alguien que ha vivido tan poco y merece respeto”

Así iba de entusiasmado el que hablaba, cuando una vocecita burlona desde el fondo de la sala, le gritó con picardía: “Concreta, Hortensio, concreta, mejor nos dices que aquí tenemos un feto, que aún no ha nacido, pero que cuando venga al mundo será un tipo insuperable”

 La gracia le costó su regañito al ocurrente, pero el teatro se vino abajo con las risotadas de los asistentes y algunos terminaron llamando el suceso como la apología al “Feto Prodigioso”.

La cosa no estaba fácil y en plena época del jabón de cocó y el bistec de corteza de toronja, no se podía perder el ánimo ni la esperanza, porque lo que era la grasa corporal ya se había perdido bastante. Eran tiempos de sumar y en eso puse especial empeño, así fue que me hice aliado de Sarmiento, un viejo luchador social, respetado y querido pero en verdad un poquito gastado por el tiempo, eso debí considerarlo antes de someterlo a reuniones nocturnas debajo del algarrobo, pues en una ocasión se entabló un inusitado debate sobre la situación de los perros callejeros, animales andrajosos que asediaban los comercios, la parada de Ómnibus y hasta el patio de la escuelita. Algunos proponían un lugar a donde enviarlos; los más viejos recordaban que cuando venían Circos al pueblo, los canes descarriados resultaban alimento de los leones; otros pedían se llamara  a la provincia para alguna solución.

Así andaba cuestión, con muchas ideas y poco consenso, entonces se me ocurrió pasar al siguiente punto y posponer la solución perruna para más tarde, dando paso al sensible asunto de los ancianos, que iban en ascenso dentro de la población local y estaban reclamando una casa u otro espacio donde pasar sus horas de merecido retiro.

En este tema también las discrepancias amenazaban con retardar soluciones, entonces tuve lo que en ese instante me pareció una idea genial y pensé que Sarmiento podía conciliar las ideas por su consabida autoridad, y sin muchos rodeos le dirigí una pregunta determínate: “Diga usted, Sarmientio, qué hacemos con ellos”; sin embargo, no tenía forma de saber que el hombre a quien preguntaba, se había quedado dormido a mitad del punto de los perros y al verse despertado por la interrogante, creyó se trataba del tema inicial y para asombro de todos exclamó: “ Mire para que anden por la calle, estorbando, comiendo porquerías y llenos de churre, es mejor que los envenenen a todos”.

 Se hizo un silencio y luego del asombro se armó tremenda algarabía y los hubo que hasta querían golpear al despistado Sarmiento, que con mucho trabajo logré esclarecer su desafortunada confusión.

Así, una tras otras, las anécdotas de entonces regresan a mi mente justo cuando casi estamos de elecciones, ahora estoy lejos del terruño y otros asumen allá esas misiones mejor que yo, me contaron que los candidatos para esta ocasión, por suerte y por no haber perdido aquella esperanza de que saldríamos adelante, pues ya tienen más de un par de zapatos y aunque no han desaparecido las carencias y los  problemas, es indiscutible que aquello está mucho mejor que el barrio de 1993.

 

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